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Banderas que enorgullecen… ¡o avergüenzan! Destacado

Banderas que enorgullecen… ¡o avergüenzan!

 

Margarita Morales Esparza

Yo me siento orgullosa de mi bandera mexicana, porque para mí es identidad, es orgullo y es el mayor símbolo patrio de los tres que tenemos los mexicanos: la Bandera, el Escudo y el Himno Nacional.
Desde niña, tanto en la escuela como en casa, me enseñaron a quererla, a respetarla, pero sobre todo a honrarla y entonar ante ella el Himno Nacional en actos cívicos.


Me gustan sus colores, verde, blanco y rojo, y me enorgullece el escudo nacional que muestra en su banda central un águila que posa sobre un cactus y que tiene en sus garras una serpiente. Este símbolo encierra historia y una interesante leyenda azteca.
Además, me permito agregar un comentario que aunque suene superficial, vale la pena mencionarlo: en 2016 la bandera de México ganó el título de la más bonita del mundo, en un concurso realizado por el diario español 20 Minutos, a través de Internet.
Estos comentarios vienen a colación porque durante las últimas semanas, con motivo de la crisis política catalana que se vive en España, me ha sorprendido descubrir una sociedad muy fragmentada, para la cual los símbolos patrios “no existen”.
Nunca en casi 14 años que llevo viviendo en el país, había observado tanto español portando la bandera con sentimiento nacional (o patrio), salvo en los resultados de eventos deportivos internacionales, en los que la Selección Nacional ha hecho un buen papel, y cuyas celebraciones posteriores se han vestido de alegría y banderas, que seguro las llevan más por el triunfo que por un sentir patrio.
Mientras Cataluña ha mantenido en vilo al país con su proclamación o no de independencia, he observado con asombro una España que no ha dudado en sacar sus banderas a la calle, y menos en colocarlas en las ventanas de pisos y casas, como expresión de identidad en aras de unidad y armonía.
Para mi sorpresa, el debate independista también me hizo descubrir una España dividida, dolida, agresiva, resentida y con marcadas diferencias históricas, sociales y políticas, de tal manera que resulta impactante escuchar a catalanes decir que “son catalanes más no españoles”, o bien, que son “catalanes y también españoles” o simplemente decirse “españoles”.
Curioso escuchar esto, porque para una gran parte del mundo, catalanes, valencianos, gallegos o vascos, son simplemente españoles, personas que viven en un territorio llamado España.
Símbolos patrios sin arraigo
Pero el desconcierto cultural –por mencionarlo de alguna manera- fue peor cuando un día vi en un noticiero que en el balcón del Ayuntamiento de Tárrega (Comunidad Catalana), un independentista arrancó la bandera española del mástil y la tiró luego a las personas concentradas en la plaza del sitio, que no dudaron en aplaudir el acto y lanzar gritos efusivos.
“Es la bandera de España, la de mi hija española”, pensé, y no me avergüenza reconocer que sentí pena y tristeza al ver cómo habían mancillado la insignia.
Por la historia que he leído del país, sé que la bandera nacional ha sufrido modificaciones con el paso del tiempo, durante los reinados, la república y la dictadura de Franco, y que para unos significa identidad, mientras que para otros un símbolo impuesto o simplemente un pedazo de tela.
Desde mi llegada, ya me sorprendía observar que en las escuelas no se les inculcaba a los alumnos amor por la bandera y, mucho menos, que se le rindiera honores.
Más me sorprendió que el himno nacional no tuviera letra, sólo música. Y es que uno piensa que la “Madre Patria” podría tener rasgos parecidos con los países que colonizó, pero no, imposible tenerlos, por historia y legado.
Pero independientemente de todo esto, creo que las nuevas generaciones no deben arrastrar toda la vida los lastres históricos de España que, a veces, invadidos de odios o resentimientos, les heredan sus abuelos o padres y que, al igual que la historia de otros países, tiene capítulos negros y duros, que mal que bien sirven para fortalecer a una nación, no para dividirla socialmente, como ocurre en la actualidad.
La bandera es algo serio en México, tiene su día festivo, que es el 24 de febrero y en septiembre el país se viste de sus colores, porque se le considera el mes patrio en el que el país se independizó de la invasión española.
En España la bandera no me parece que sea algo serio. Aunque sí desconcierta ver que en las fachadas de edificios públicos, hoteles y hasta empresas particulares, penden las insignias europeas, española o la de la Comunidad en turno. Seguro será más por protocolo que por sentimiento patrio.
Personalmente yo sí le enseño a mi hija española a querer y respetar su bandera, como igual lo hago con mi otra hija, quien siendo mexicana, desde niña aprendió a querer el lábaro patrio.
Y es que en México, en escuelas de primaria y secundaria, cada primer lunes de mes se rinde honores a la bandera y se entona el Himno Nacional, mientras una escolta, integrada por alumnos, porta con orgullo la insignia en un recorrido por el patio principal ante alumnos y maestros, quienes con brazo derecho colocado a la altura del pecho y con los dedos en forma horizontal, la miran a su paso y le muestran respeto.
En España uno observa que las diferencias ideológicas e históricas están tan marcadas, que así como algunos ciudadanos aprecian la bandera española y la sacan a la calle en señal de unidad, otros no dudan en rechazarla, repudiarla y defender la suya, la independentista.
Banderas más, banderas menos, lo cierto es que en esta guerra de banderas catalanas y españolas, quienes se han beneficiado han sido los chinos, que desde hace semanas ¡no paran de vender insignias en sus tiendas de todo 100!

Margarita Morales Esparza es licenciada en Ciencias de la Comunicación, egresada del ISCyTAC. Trabajó como reportera en medios como La Opinión, en Torreón, Coahuila; El Norte, en Monterrey, Nuevo León y el AM en León, Guanajuato. Actualmente radica en Valencia, España, donde ha desarrollado el periodismo digital en empresas del sector social, además de ser bloguera y redactora para diferentes portales, además de colaborar en la revista Metrópolis y el diario digital www.laotraplana.com

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