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Historias de actores

Historias de actores

N°47 

Tomé un Greyhound, viajé 52 horas para pedir chamba como actor en Nueva York

(Segunda parte)

Raúl Adalid Sainz
Pues sí, la Vida es Sueño y en Manhattan sueño fue. Sólo que la vida es difícil allá, es una ciudad carísima. Referí mi primer oficio de sandwichero italiano y americano, por mi tipo de emparedados. Italiano por la cantidad de emigrantes de ese país que estudiaban en la escuela y americano por estar en esa sede.


Cuando eres emigrante la imaginación trabaja a millón para idear la sobrevivencia. Así que durante el periodo de ensayos de "La Vida es Sueño", seguía vendiendo mis sándwiches. Durante las clases en la academia (en ese momento no había clientela) aprovechaba para estudiar, memorizar, que era menuda tarea.
Recuerdo que el cuarto que rentaba lo tenía tapizado de papeles con textos, los veía al despertarme, al salir de bañarme, al acostarme, esas dos semanas y media de montaje yo respiraba verso español calderoniano en los fríos de Manhattan y Jersey City (lugar donde vivía). Una ventaja había a diferencia de México, los ensayos se pagan.
Se cita a una hora y el tabulador empieza a correr, ahí nadie llega tarde, hay un orden, una disciplina, el tiempo se aprovecha al máximo. No hay demora en los pagos. A mí sólo me faltaba una condición climatológica que me acompañara a un ensayo o a una función: la nieve. Ese plumaje y manto blanco fue varias veces compañera de viaje rumbo al teatro.


Al ser nuevo en la compañía, las miradas de los compañeros se posaban en mí. No había tiempo para sentirlo, esta atroz emoción se transformó en producto de ave que dominaba mi cabeza, éste en deseo intuitivo creativo hacia la comprensión del personaje y de ahí a su arribo al mundo de expresión emotivo. Las emociones personales en el estado en el que me encontraba hicieron, no sé por qué, que viviera intensamente la encarnación del personaje de "Clotaldo".
Una vez comenzadas las representaciones, dejé el oficio de sandwichero, una mañana al integrarme ya como estudiante a la academia de inglés, una señora clienta chilena me dijo: "lo busqué ayer para comprarle un sándwich, ¿hoy va a vender? ", lleno de satisfacción le contesté, "no señora, eso ya se acabó, pero la invito a que me vaya a ver en una obra que estoy haciendo en Nueva York".
El paso hacia adelante del emigrante se siente de otra forma muy distinta a la habitual. Lo que ganas lo aprecias grandemente. En cuanto al desarrollo artístico de la obra fue excelente, era una puesta muy representada en el "Teatro Repertorio Español". El mejor halago hacia mi trabajo fue cuando el reconocido y talentoso dramaturgo cubano Abelardo Estorino fue a felicitarme, conducido por el director de la obra, René Buch, a mi camerino.
Recibí con mucha admiración su cariño expresado. Yo había leído una de sus obras en la carrera que cursé de Literatura Dramática y Teatro en la UNAM. La obra era "El Robo del Cochino". Así que su felicitación me dio ánimos crecientes. La obra terminó temporada a fines de Diciembre.
Hay una anécdota curiosa. Un 22 de Diciembre de 1996, siendo domingo, tuvimos función de matinée. Ese día a las cuatro de la tarde, tiempo de México, jugaba mi equipo el Santos Laguna su primera final en casa. El duelo era contra Necaxa. Les conté a dos de mis compañeros, un par de españoles irredentos fans futboleros del hecho.
Como eran de los líderes, entendiendo mi pasión le dijeron al resto, vamos haciendo ligera la obra (lo que llamamos en México picadita y al pie) para que Raúl se vaya a ver al equipo de su pueblo que hoy juega la final. Uno de ellos, un sevillano, de nombre Alfonso Ruíz, me dijo "van a ganar". Llegué rayando a casa, cuando encendí la tele, se dio el silbatazo inicial.
Ese día Santos me hizo llorar. Aún recuerdo el testarazo de Borgetti para lograr el campeonato. En mi llanto, terminado el partido, corrí la cortina; caían plumas de nieve en la gran manzana. Esa nieve era quizá un reflejo de espejo de mi llanto al sentir semejante alegría por mi tierra, por mi Torreón. Era un lagunero emigrante celebrando a la distancia en Nueva York.
Si ustedes me dispensan con su lectura, continuamos mañana estos avatares newyorkinos. Por cierto, que bien se escucha allá la canción de Billy Joel "I'm in a New York State of Mind". La recuerdo mucho y me veo cantándola susurrándola por las calles de Manhattan en mi caminar.

Raúl Adalid Sainz, Ciudad de México-Tenochtitlan

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